Aitana completó quinientas reverencias.
Quemó los sutras y se levantó tambaleándose, casi cayendo en ese instante.
Damián se adelantó para sostenerla. Esperaba que Aitana lo rechazara con disgusto, pero sorprendentemente, no lo hizo. En cambio, dijo con voz débil: —Vamos a casa.
Damián experimentó un sentimiento indescriptible, como si algo precioso se hubiera perdido y recuperado, porque Aitana estaba dispuesta a hablarle de nuevo.
Fuera del salón principal estaba estacionado aquel Maybach, bri