Susana se subió al auto.
Seguía lloviendo, en el parabrisas de enfrente se había pegado una hoja amarillenta y marchita. Susana encendió los limpiaparabrisas, las escobillas negras se movían de un lado a otro, pero era inútil, esa hoja húmeda seguía en el mismo lugar.
Susana se recostó en el respaldo de cuero, mirando el resplandor acuático del exterior.
No amaba profundamente a Héctor.
Pero la traición de Héctor la hizo sentir como si hubiera regresado a la infancia, a esa tarde desgarradora.
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