Entre sus mantas, Elia abrió los ojos.
Su piel clara, mirada amplia, rostro alargado y ese sutil hoyuelo eran un reflejo perfecto de Damián.
Cada padre suele derretirse ante sus niñas pequeñas.
Y más cuando esta criatura, con aquellos ojos negros llenos de brillo, contemplaba fijamente a su papá. Con casi un mes de vida, ya reconocía siluetas. La fascinación se dibujaba en su rostro mientras observaba directamente a Damián.
Él la contemplaba con intensidad, sintiendo que la ternura desbordaba su