Damián salió del edificio, por el pasillo a sus espaldas parecían aún resonar los gritos desgarradores de Mariana.
A su alrededor, un silencio aterrador, como si acecharan innumerables espectros.
Damián no creía en los espíritus, pero sentía que esos demonios se habían transformado en codicia, ira y obsesión, infiltrándose en sus huesos y sangre. Su actual desgracia era resultado de sus propios demonios internos.
Si no hubiera estado tan apegado al poder, habría descubierto antes sus sentimiento