Él observaba en silencio a Aitana, viendo cómo su vida desordenada se enderezaba. Pensaba que si Aitana no se hubiera perdido, nunca habría llegado a ser la esposa de él, de Damián. Ella habría recibido la mejor educación desde pequeña y tendría una vida más perfecta.
Quizás en esta vida jamás se habrían cruzado.
Uno en Palmas Doradas, la otra en Puerto Real, apenas conociendo el nombre del otro.
No quiso molestarla y se marchó silenciosamente, subiendo al auto.
La noche era como un fantasma.
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