La noche de verano era fresca.
Aitana, con una chaqueta ligera, estaba parada en silencio en la azotea, un cigarrillo delgado entre sus blancos dedos. No lo fumaba, simplemente dejaba que se consumiera.
La fina lluvia apagó el cigarrillo en sus dedos.
No le importó.
Dejó la colilla apagada en la barandilla gris, que pronto se cubrió de gotas de lluvia, añadiendo un toque de desesperación, como su amor perdido, como la amistad que se veía obligada a terminar.
En la pantalla del edificio de enfren