Aitana, con ojos humedecidos, sentía el dolor de su imposibilidad de tener hijos.
El momento de intimidad se disipó.
La punta de la nariz de Damián rozó la de ella mientras su voz se tornaba más profunda: —¿Ya estás llorando sin que haya pasado nada?
Aitana lo empujó y se incorporó, recogiendo su cabello en un moño bajo. Mientras sus delicados dedos blancos levantaban los mechones, dejó al descubierto un trozo de su nuca, de líneas hermosas, que fácilmente despertó en Damián recuerdos del pasado