El tiempo se detuvo. La música siguió sonando, pero yo solo podía escuchar el latido atronador de mi propio corazón.
—Bájate. Ahora.
Esa voz. Fría como un glaciar, cargada de una furia que atravesó la niebla del alcohol como un cuchillo al rojo vivo.
Abrí los ojos. Dominic estaba allí, de pie frente a la barra, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse. No llevaba traje, solo una camisa negra con los primeros botones abiertos, pero su aura de peligro era diez veces mayor que