Dominic Blackwood
El sabor de su boca era exactamente como lo había imaginado: una mezcla peligrosa de ginebra, rebeldía y una dulzura oculta que me quemaba las entrañas. El beso fue violento, un choque de necesidades que había estado acumulándose desde el primer segundo en que entró en mi oficina. Pero cuando me separé apenas unos milímetros, esperando ver la rendición en sus ojos, me encontré con esa chispa de ironía que me volvía loco.
Chloe se relamió los labios, con la respiración entrecor