Chloe Donovan
El bar estaba sumergido en una penumbra pegajosa, iluminado solo por carteles de neón que parpadeaban como corazones con arritmia. El olor a ginebra barata y tabaco era un alivio comparado con el aroma a trementina que se me había quedado pegado hasta en los poros después de las sesiones con "Su Majestad". Casey estaba frente a mí, removiendo su trago con una pajita mientras las luces azules resaltaban el cansancio en sus ojos.
—Dime que tu cliente al menos es guapo —dijo Casey, s