Dominic Blackwood
El desayuno transcurría en una normalidad frágil, sostenida por las burlas constantes de Chloe hacia un Spencer que ya no sabía si reír o esconderse. Verla así, con esa chispa de malicia en los ojos y los dedos rozando aquel frasco de lapislázuli que le había dejado, era el único bálsamo que mi conciencia había recibido en días. Me conformaba con las migajas: un asentimiento, una mirada que durara más de un segundo, el hecho de que no se levantara y se fuera en cuanto yo entra