Dominic Blackwood
Había pasado el día envuelto en una furia fría y sorda. El desplante de Chloe en nuestra última sesión me había dejado un sabor amargo, pero la gárgola no retrocede ante la primera tormenta. Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que, por mucho que ella hablara de "sexo sin etiquetas", sus manos seguían temblando bajo las mías.
Entré en el taller con la llave que ella no sabía que yo había duplicado. El olor a trementina me recibió como un golpe familiar. Chloe estaba allí, de