Chloe Donovan
El dolor de cabeza no era un martilleo; era una orquesta sinfónica de tambores de guerra tocando dentro de mi cráneo. Abrí los ojos un milímetro, pero la luz que entraba por los ventanales era tan blanca y agresiva que juré que mis pupilas estaban intentando suicidarse.
¿Dónde demonios estaba?
El techo no era el de mi almacén en Shoreditch, lleno de manchas de humedad y tuberías expuestas. Este techo era liso, perfecto, de un gris antracita que gritaba "tengo más dinero que tú". M