Dominic Blackwood
—¡Te juro que no la toqué, Spencer! ¡Ni siquiera puse un dedo sobre ella!
Mi voz retumbó en las paredes de su oficina, áspera y cargada de una desesperación que me desconocía. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Mis manos temblaban, no de miedo, sino de una rabia impotente que me estaba consumiendo vivo desde adentro.
Spencer estaba sentado frente a mí, frotándose las sienes con cansancio. No me miraba. Había un