Dominic Blackwood
El trayecto de vuelta a la mansión fue un descenso al infierno. El aire fresco de la mañana londinense golpeaba mi rostro a través de la ventanilla abierta, pero no lograba limpiar la sensación de suciedad que llevaba pegada a la piel. Me sentía anestesiado, con los sentidos embotados por lo que fuera que Victor Rose o Dylan Ferrer hubieran deslizado en mi bebida. Sin embargo, el dolor físico no era nada comparado con el nudo que me apretaba la garganta al pensar en Chloe.
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