El sonido del ascensor deteniéndose en el piso superior resonó en la tranquila mañana. Samantha Ortega respiró hondo antes de salir del pequeño cubículo metálico. La mañana había sido tan abrumadora que apenas tuvo tiempo para procesar lo que había sucedido. El paquete de documentos que Alexander le había entregado seguía pesando sobre su mesa, y sabía que debía analizarlos con minuciosidad. Pero en su mente, la escena anterior se repetía una y otra vez: la intensidad en los ojos de Alexander,