La primera vez que Adrián perdió realmente la paciencia aquella mañana fue cuando uno de los directivos intentó sugerir que todavía podían darle otra semana a Armand para reconsiderar la propuesta del proyecto costero.
—No estoy negociando —dijo finalmente, sosteniendo la mirada del hombre frente a él—. Estoy decidiendo cuánto tiempo más pienso tolerar que jueguen conmigo.
Incluso desde el pasillo alcancé a sentir cómo el ambiente dentro de la sala se tensaba apenas Adrián terminó de hablar.
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