Cuando llegamos frente a mi habitación ninguno de los dos hizo ademán de marcharse inmediatamente. La conversación había ido apagándose poco a poco durante el trayecto desde el puerto hasta el hotel, pero el silencio que quedó entre nosotros no resultaba incómodo.
Apoyé una mano sobre la manija de la puerta y volví la vista hacia Marco.
—Gracias por venir conmigo.
Marco solo sonrió.
—No tienes que agradecerme nada.
Durante unos segundos permanecimos observándonos en silencio. Quizá era el cansan