La noche estaba oscura y el aire helado parecía arrastrar un presagio funesto. Valentina avanzaba con cautela por el camino de tierra, sus pasos resonando entre el silencio. Su vestido pesaba un poco, sus pies dolían por los zapatos, pero a ella solo le importaba su hijo. Había seguido las indicaciones que recibió de Marina, con el corazón, latiéndole en el pecho como un tambor de guerra.
Frente a ella, una bodega vieja y olvidada se alzaba como una sombra en medio del terreno baldío. La mader