El sol de la tarde bañaba la bella mansión de Rafael con una luz dorada, filtrándose entre las cortinas pesadas del salón. Valentina y Berlín, sus nietos, habían llegado de sorpresa después de semanas sin saber de él.
Ambos lo adoraban, pero últimamente sentían que algo en él había cambiado. Se veía más delgado, su piel estaba pálida y, aunque intentaba sonreír como siempre, su mirada tenía un cansancio que no podían ignorar.
—Abuelo, ¿seguro que estás bien? —preguntó Valentina, cruzándose