El ambiente en la mansión era tenso. Berlín se encontraba en su estudio, trabajando en sus proyectos, mientras que Lucrecia, con una sonrisa maliciosa en los labios, recibía a una vieja amiga de su hijo, llamada Irene.
—¡Cuánto tiempo sin verte, Irene! —Exclamó Lucrecia, abrazando a la joven con entusiasmo—. Berlín estará encantado de verte.
—¡Lo mismo digo, Lucrecia! —respondió Irene, su voz llena de alegría—. He venido a visitarlos después de tanto tiempo.
Lucrecia invitó a Irene a pasar y la