Lucrecia paseaba de un lado a otro en su habitación, la alfombra mullida amortiguando cada paso. Sus tacones resonaban contra el suelo, marcando el compás de su creciente ira. La habitación, normalmente tan ordenada, parecía ahora un reflejo de su caos interior.
—No puedo creerlo, Marina —espetó, girándose bruscamente hacia su sobrina—. ¿Cómo puede Berlín ponerse de parte de esa mujer? ¡Esa mujer destruyó mi matrimonio! ¡Arruinó la vida de mi esposo!
Marina se encogió de hombros, su mirada fij