Valentina llevó a su madre a casa, la dejo en su cama, acomodando cuidadosamente las almohadas. La habitación, sumida en una penumbra tenue, emanaba un aroma a lavanda que intentaba infundir calma.
Al salir, el pasillo que conducía a su cuarto se sentía interminable, como si cada paso la sumergiera más en un mar de inquietud.
El teléfono vibró en su mano, interrumpiendo sus pensamientos. Era Benjamín. Su corazón dio un vuelco al escuchar su voz, cargada de preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó