Celina temblaba mientras sostenía la cabeza de Jareth en sus manos, la sangre tibia deslizándose entre sus dedos. Su respiración se volvió errática, el pánico perforándole la garganta mientras gritaba su nombre una y otra vez, inútilmente.
El grito de Celina atravesó el apartamento como un disparo.
—¡Jareth! ¡Dios, Jareth, despierta!
Él no reaccionó y no lo haría. Su cuerpo pesado, resbaladizo por el agua, cayó inerte contra ella. La sangre que corría desde su cabeza le heló las piernas. Sin de