Ya no soy tu muñeca

La mansión estaba rodeada de un silencio ominoso, un silencio que Orestes había cultivado durante años, alimentado por sus manipulaciones y secretos. La luna se reflejaba en las grandes ventanas, como si el lugar mismo estuviera destinado a retener la luz, a esconder lo que sucedía en sus entrañas. Eirin se encontraba allí, atrapada de nuevo, pero no era la misma del pasado.

Orestes la observaba desde el umbral de la habitación, su mirada era fría e impasible. A fuerza la había llevado de vuel
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