Cuando Orestes salió por la puerta principal, la mansión quedó sumida en su acostumbrado estado de silencio. Su presencia allí mantiene el control de todo el espacio, pero hoy, por primera vez, la mansión parecía vacía, como si los ecos de sus pasos se desvanecieran al momento de salir. La niebla de la madrugada se cernía sobre los jardines bien cuidados, el aire frío envolvía la estructura, y Eirin estaba atrapada en su habitación, custodiada por los hombres de Orestes, quienes, aunque eran de