Orestes despertó con el sonido de las rejas deslizándose. El metal frío, la luz amarilla de los rayos del sol que entraban a través de las rendijas de la pequeña ventana, el peso de las horas pasadas sin nada más que la propia conciencia, le calaba.
El lujo, la opulencia, siempre lo habían rodeado. Nada le había sido negado, ni una sola vez. Durante toda su vida, había tenido acceso a lo mejor: ropa de diseñador, mansiones espaciosas, banquetes interminables, y la certeza de que todo, absoluta