Eirin miraba por la ventana del auto, el paisaje deslizándose ante ella como un cuadro pintado en tonos oscuros y suaves. La lluvia había cesado, pero las nubes seguían oscureciendo el cielo, como presagiando algo que aún no entendía del todo. No era el miedo lo que la atenazaba, sino una sensación más insidiosa, algo que no lograba descifrar. La decisión de viajar hasta ese remoto pueblo no fue suya, al principio. Fue la urgencia en las palabras de Nora, la insistencia con la que le había dich