A esa misma hora en la mansión Manchester, el despacho estaba en penumbras. Orestes no había encendido las luces desde que llegó. Llevaba más de una hora dando vueltas como una fiera enjaulada, con los puños apretados y los ojos encendidos de furia. Eirin no contestaba el teléfono. Su celular sonaba y luego iba directo al buzón de voz. Cada intento fallido era una bofetada a su orgullo, una burla a su control.
«¿Dónde demonios estás, Eirin?» se repetía una y otra vez en la mente con furia repri