Mientras el chofer conducía con mesura entre las avenidas encharcadas por el aguacero que teñía de gris la ciudad, Orestes permanecía en el asiento trasero como una estatua tensa, hecha de rabia contenida. Afuera, el agua golpeaba con furia los cristales del automóvil, como si el cielo hubiera decidido acompañarlo en su cólera. Una cólera que ardía como pólvora seca, dispuesta a encenderse en cuanto pusiera un pie frente a la puerta del hombre que lo había desafiado. Ethan.
Cada semáforo, cada