Ethan se quedó de pie, frente a la isla de mármol de su cocina, con el vaso aún en la mano, vacío. El calor que Eirin había dejado impregnado en su cuerpo seguía palpitando en cada fibra. No era sólo deseo, era algo más profundo, más peligroso. Y lo sabía.
Ella lo miraba desde el sofá, envuelta en una sábana blanca que había tomado del dormitorio tras su última explosión de deseo. No hablaban. No aún. Menos después de la interrogante que ella le hizo y se negó a contestar. El aire entre ellos er