Más tarde, en un parque desierto, bajo el abrigo de la niebla nocturna, Eirin dejó el sobre en manos de un contacto. Una mujer de cabello trenzado, rostro oculto bajo un sombrero ancho. Intercambiaron apenas tres palabras.
—Esto tiene veneno —advirtió Eirin.
—Entonces sabrá que fue personal.
Y se alejó sin mirar atrás.
Esa noche, de regreso en el refugio, Ethan esperaba en la sala. Tenía una copa de whisky en la mano y la mirada clavada en el fuego de la chimenea. Eirin entró sin hacer ruido. S