La luz de los focos televisivos cortaba la penumbra del estudio como cuchillas de acero. Desde el atril central, Orestes Manchester se sentía imbatible, invencible, como si hubiera vuelto del abismo sólo para reclamar lo que por derecho era suyo. Vestía un traje ceniza de corte italiano, una corbata de seda perfectamente anudada y su cabello, peinado hacia atrás, parecía tan esculpido como su máscara de falsa dignidad. Su voz, grave y pausada, rompía el aire como una plegaria siniestra.
—He sid