El dolor era como una campana dentro de su cráneo.
Eirin despertó envuelta en una neblina espesa. El golpe en la cabeza que Larissa le había propinado días antes seguía latiendo como un tambor invisible. Le costaba abrir los ojos. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Orestes la arrastró nuevamente a esa casa,a la jaula de oro en la mansión Manchester, pero cada minuto allí pesaba como una condena.
Cuando logró moverse, notó que tenía un inmovilizador del cuello. Su visión estaba borro