Solo cuando el silencio volvió a reinar en el departamento, se derrumbó. Cayó de rodillas, como si le hubieran disparado.
La rabia no lo sostenía más. Ya no había odio suficiente para tapar el hueco que ella había dejado.
Miró el pendrive sobre la mesa. Lo tomó con manos temblorosas.
Se incorporó y fue hasta su habitación por la laptop. Lo insertó en el puerto, y entonces la imagen y el audio apareció: Eirin, entrando en una sala. Orestes al fondo. mientras ella le reclamaba por la ubicación de