Capítulo 6. Cobardía.

El ambiente en el salón principal del Waldorf Astoria seguía impregnado de un bullicio nervioso.

Después de lo ocurrido, los invitados dejaron de fingir interés en la boda y comenzaron a susurrar a espaldas de la familia Monte de Oca.

Emma, sintiendo que le faltaba el aire tras la descarga de los últimos minutos, aprovechó que su imponente acompañante estaba siendo abordado por un par de magnates que buscaban saludarlo.

Se escabulló con pasos rápidos hacia una de las inmensas terrazas privadas del hotel, buscando desesperadamente un momento a solas.

El viento helado de Manhattan le golpeó el rostro, dándole un respiro muy necesario.

Cerró los ojos, apoyando las manos en la baranda de mármol mientras intentaba procesar todo lo que acababa de ocurrir. Sin embargo, la paz le duró apenas unos segundos.

—Emma. Por favor, espera.

Esa voz. Hasta hace unas semanas, escucharla hacía que su corazón se acelerara de amor; ahora, solo le producía náuseas y un profundo rechazo.

Se giró despacio. Rodrigo estaba ahí, de pie bajo la luz tenue de los faroles de la terraza.

Se había aflojado el corbatín y lucía desaliñado. Sus ojos estaban irritados con una mezcla enfermiza de miedo, celos y desesperación.

—Vuelve a tu fiesta, Rodrigo. Tu nueva y flamante esposa te debe estar buscando —respondió ella, alzando la barbilla y dispuesta a regresar al salón.

Pero él le cerró el paso rápidamente, acercándose mucho más de lo permitido.

—¿Cómo lo conoces? —soltó Rodrigo de golpe, ignorando por completo su rechazo—. ¿De dónde sacaste a un hombre como él? Emma, ese tipo... no tienes idea de quién es ni del nivel en el que se mueve. Es peligroso.

Emma soltó una carcajada amarga, incapaz de creer el descaro del hombre que tenía enfrente.

—El único peligroso y cobarde que conozco eres tú. Me dejaste llorando en Central Park, jurando que la presión te asfixiaba y que necesitabas tiempo, cuando en realidad estabas planeando casarte con la víbora de mi hermanastra por su supuesto dinero. No tienes ningún derecho a cuestionarme absolutamente nada.

El rostro de Rodrigo se contrajo.

La miró de arriba abajo, tan hermosa, altiva e inaccesible en ese vestido rojo oscuro, y el arrepentimiento lo golpeó con la fuerza de un yunque.

Había cambiado a la mujer que amaba por una cuenta bancaria que ahora parecía a punto de esfumarse frente a sus ojos.

—¡Lo hice por nosotros, Emma! —suplicó él, intentando agarrarle las manos, pero ella retrocedió asqueada—. La empresa de mi padre estaba hundiéndose. Leah me mintió, me hizo creer que ella controlaría la fortuna de tu padre y me prometió capital. Fue una salida fácil, una estupidez impulsada por la desesperación. ¡Pero a quien yo quiero es a ti! Ese tipo solo te está usando como un trofeo para lucirse esta noche. Cuando se aburra, te desechará como basura. Yo puedo dejar a Leah ahora mismo, podemos huir juntos y...

—Si valoras conservar la lengua dentro de tu boca, te sugiero que te calles en este mismo instante.

La voz cortó el viento frío de la noche como el golpe de un látigo.

Rodrigo dio un salto hacia atrás, aterrorizado.

Nicolás salió de las sombras y clavó sus ojos en él. Con una naturalidad aplastante, atrajo a Emma hacia sí, abrazándola por la cintura para marcar su territorio.

Ese simple gesto bastó para espantar al cobarde de su ex y disipar el frío que ella sentía.

—¿En serio intentas manipularla con excusas mediocres el mismo día de tu boda? —se burló Nicolás, con una sonrisa afilada—. Eres incluso más patético y rastrero de lo que leí en los informes financieros de tu empresa.

—Estábamos teniendo una conversación privada —se defendió Rodrigo, alzando un poco la barbilla, aunque la aplastante y fría mirada del magnate lo obligó a retroceder un paso por instinto.

—Un hombre de verdad no se vende al mejor postor por miedo a quebrar. Y definitivamente, un hombre que no vale nada no molesta a mi novia —espetó Nicolás—. Vuelve adentro con la esposa que elegiste. Y si te vuelvo a ver cerca de Emma, te juro que no me conformaré con embargar tus propiedades. Compraré tu empresa mañana a primera hora, despediré a toda tu familia y me aseguraré de que no consigas trabajo ni barriendo las calles de Nueva York.

Rodrigo asintió frenéticamente, mudo por el terror, y salió huyendo hacia el interior del salón tan rápido como se lo permitieron las piernas.

Una vez solos, el silencio cayó pesadamente sobre la terraza.

El viento movió ligeramente el cabello de Emma mientras ella seguía pegada al firme pecho de Nicolás. Su mente trabajaba a mil por hora, atando los cabos sueltos que había ignorado en su prisa.

Había presenciado de nuevo el poder puro e indiscutible que este hombre ejercía con solo abrir la boca.

Ningún actor de agencia, por muy bueno que fuera en su papel, podía conocer los estados financieros de una constructora, amenazar con comprar una corporación entera y hacer que el arrogante heredero de los Monte de Oca huyera como un niño asustado.

Emma se separó de él lentamente y dio un paso atrás, cruzándose de brazos. Su respiración era agitada.

—¿Me vas a decir de una vez por todas qué está pasando? —exigió ella, clavando sus ojos verdes en los de él.

Nicolás se metió las manos en los bolsillos del pantalón, mirándola con una mezcla de diversión y fascinación por la chispa de rebeldía que nunca se apagaba en ella.

—Te estoy dando el servicio VIP por el que pagaste. Destruir a tus enemigos y darte el control.

—¡No me mientas! —estalló Emma, con la voz temblando—. Rodrigo estaba aterrorizado. Hablaste de embargos, de comprar su empresa, de inversores extranjeros. Ningún maldito actor de una agencia de talentos tiene ese poder. La farsa es demasiado grande.

Dio un paso hacia él, negándose a dejarse intimidar por su abrumadora altura. Lo señaló con el dedo índice, decidida a no moverse de ahí hasta obtener una respuesta.

—Así que dímelo ahora mismo... ¿Quién diablos eres tú?

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