Capítulo 122. Orgullo y castigo.
El imponente reloj de péndulo del despacho de la presidencia marcaba las seis de la tarde. Nicolás Altamirano cerró su maletín de cuero con un largo suspiro de satisfacción.
Por primera vez en semanas, sentía que la tormenta se había disipado y la paz había regresado a su vida.
Solo pensaba en salir del edificio, llegar a la villa, abrazar a Emma y jugar con sus hijos hasta caer rendido.
Sin embargo, justo cuando se dispuso a apagar la luz de la oficina, la pesada puerta se abrió sin previo avi