Capítulo 119. El peso de la ley.
Al día siguiente, cuando la noche ya había envuelto la ciudad en un manto oscuro, Nicolás regresó finalmente a su mansión.
Al cruzar el umbral de la sala principal, encontró a Emma sentada en el amplio sillón, con las rodillas recogidas contra el pecho y la mirada perdida en la chimenea apagada.
Al escuchar sus pasos, ella se levantó de un salto.
—Nicolás, ¿dónde te habías metido? —le reprochó, corriendo hacia él para abrazarlo—. Estaba muy preocupada, no me contestabas el teléfono.
Él la rodeó