Mundo ficciónIniciar sesión
La lluvia caía con violencia sobre la ciudad, golpeando los ventanales del penthouse como si quisiera romperlos. El sonido constante convertía el silencio del lugar en algo aún más inquietante.
Emma Salazar dudó antes de dar un paso más.
Apretó la carpeta contra su pecho, como si eso pudiera darle algún tipo de protección.
No debía estar ahí.
No a esa hora.
No en ese lugar.El ático de Leonardo Alcázar no era solo una residencia. Era territorio restringido. Un espacio al que nadie del trabajo tenía acceso… y mucho menos ella.
—Deja los documentos sobre la mesa.
La voz grave la atravesó antes de que pudiera prepararse.
Emma se tensó.
Levantó la mirada lentamente.
Ahí estaba.
De pie junto al ventanal, con la ciudad extendiéndose a sus pies, Leonardo sostenía una copa de whisky con una tranquilidad que contrastaba con la tormenta exterior. La luz tenue dibujaba sombras en su rostro, endureciendo aún más sus facciones.
No parecía un hombre al que se pudiera contradecir.
Ni desafiar.
Emma avanzó con cuidado, sintiendo cómo cada paso resonaba más de lo normal.
—Aquí están los informes que solicitó —dijo, dejando la carpeta sobre la mesa sin mirarlo directamente.
Error.
Lo supo en el momento en que el silencio cambió.
Cuando alzó la vista, Leonardo ya la estaba observando.
Y no era la mirada de un jefe.
Era algo más.
Algo que hizo que su respiración se volviera irregular.
—Te tardaste —comentó él, dejando la copa con calma sobre la mesa.
—Había tráfico.
Ni siquiera ella se creyó esa excusa.
Leonardo tampoco.
La distancia entre ellos parecía corta… pero se sentía peligrosa.
—Puedes retirarte —dijo finalmente.
Eso era lo correcto.
Lo que debía pasar.
Lo que siempre pasaba.
Pero Emma no se movió.
Y en ese instante, algo cambió.
—¿Algo más? —preguntó él, alzando ligeramente una ceja.
Emma dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Quería confirmar si necesita algo más para mañana —respondió, intentando mantener un tono profesional que ya no encajaba del todo.
Leonardo dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Sin prisa.
Sin dudar.
Hasta que el aire entre ellos dejó de ser seguro.
—Siempre necesito algo más —murmuró.
El corazón de Emma comenzó a latir con fuerza.
Demasiada.
—Licenciado Alcázar…
—Leonardo.
La corrección cayó como una orden.
Como una advertencia.
Como una línea que no debía cruzarse.
Emma tragó saliva.
—Esto no es apropiado.
—Lo sé.
Pero no se alejó.
Al contrario.
Acortó la distancia hasta dejarla sin espacio para retroceder.
La espalda de Emma chocó contra la mesa.
Sin salida.
—Entonces deténgase —susurró, aunque su voz no sonó tan firme como quería.
Leonardo inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola.
—Dímelo de verdad —murmuró—. Dime que no quieres que me acerque más.
El tiempo se detuvo.
Emma sabía lo que debía decir.
Lo correcto.
Lo seguro.
Pero su cuerpo no respondía.
Porque, en el fondo, una parte de ella llevaba demasiado tiempo perdiendo esa batalla.
—No puedo —admitió, casi en un susurro.
Fue todo lo que él necesitó.
Leonardo cerró la distancia.
Su mano rozó el rostro de Emma con una lentitud calculada, como si quisiera memorizar cada detalle antes de tomar una decisión.
—Mala idea —dijo en voz baja.
Pero no se detuvo.
Cuando la besó, no hubo duda.
No hubo suavidad.
Fue inevitable.
Como si algo que llevaba demasiado tiempo contenido finalmente encontrara salida.
Emma intentó resistirse.
Lo intentó de verdad.
Pero cada intento se deshacía en cuanto él la tocaba.
Porque Leonardo Alcázar no era un hombre que pidiera permiso.
Era un hombre que tomaba.
Y esa noche… la eligió a ella.
Horas después, el silencio regresó.
Pero no era el mismo.
Emma abrió los ojos lentamente.
El techo desconocido.
Las sábanas desordenadas. El vacío a su lado.Se incorporó de golpe.
Sola.
Leonardo ya no estaba.
El peso de lo ocurrido cayó sobre ella sin aviso.
—¿Qué hice…?
Su voz apenas fue un susurro.
Bajó la mirada. Su ropa estaba en el suelo, como evidencia silenciosa de algo que no podía deshacer.
Todo parecía irreal.
Pero no lo era.
Sobre la mesa, algo llamó su atención.
Un papel.
Emma se levantó con rapidez y lo tomó.
Solo había una frase.
Fría.
Precisa.
“Esto no volverá a ocurrir.”
Sintió un vacío en el pecho.
No porque esperara algo distinto…
sino porque, en el fondo, había querido que significara algo.
Respiró hondo.
Se vistió en silencio.
Y se fue.
Sin mirar atrás.
Sin saber…
que esa decisión ya había cambiado su vida para siempre.
Y que, dentro de ella,
acababa de comenzar algo imposible de detener.







