Dos Líneas Rosadas

El olor a café le revolvió el estómago.

Emma apartó la taza apenas la camarera la dejó frente a ella. El aroma, que normalmente le resultaba reconfortante, ahora le parecía demasiado intenso… casi insoportable.

Frunció el ceño.

Algo no estaba bien.

—¿Te sientes bien? —preguntó Laura, observándola con atención desde el otro lado de la mesa.

Emma levantó la mirada y forzó una sonrisa.

—Sí… solo creo que no dormí bien.

Mentira.

No había dormido nada.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a esa noche.

A sus manos.

A su voz.

A la forma en que todo se había descontrolado.

Y, sobre todo… a la nota.

“Esto no volverá a ocurrir.”

Laura entrecerró los ojos, claramente sin creérselo.

—Emma, te conozco. Esa cara no es de alguien que solo está cansada.

Emma bajó la mirada hacia la mesa. Sus dedos jugaron con la cucharilla sin darse cuenta.

Había algo más.

Algo que llevaba días ignorando.

—Tengo un retraso… —murmuró al final.

Laura se quedó completamente quieta.

—¿De cuánto?

—Más de tres semanas.

El silencio que siguió ya no era incómodo.

Era pesado.

Real.

—¿Te hiciste una prueba? —preguntó Laura con cuidado.

Emma negó lentamente.

—No quería.

Porque hacerlo lo haría definitivo.

Y una parte de ella todavía se aferraba a la posibilidad de que todo fuera solo estrés… solo cansancio… solo su mente jugándole una mala pasada.

—Vamos —dijo Laura de pronto, levantándose—. Ahora mismo.

—¿Qué? No…

—No te estoy preguntando, Emma.

Su tono no dejaba espacio para discusión.

Minutos después, Emma estaba de pie frente a un estante lleno de cajas idénticas.

Pruebas de embarazo.

Su reflejo en el pequeño espejo del pasillo le devolvió una imagen que no reconocía del todo.

Pálida. Tensa. Perdida.

—Solo toma una —dijo Laura, más suave esta vez.

Emma extendió la mano.

La retiró.

Respiró hondo.

Y finalmente… tomó la caja.

El baño de su apartamento nunca le había parecido tan pequeño.

Ni tan silencioso.

Ni tan asfixiante.

La prueba estaba sobre el lavamanos.

Y Emma… no podía mirarla.

Sentía el corazón en la garganta.

—Emma —la voz de Laura llegó desde la puerta—. Ya pasaron los minutos.

—No quiero verlo.

—Pero necesitas saberlo.

Emma cerró los ojos.

Respiró hondo.

Y lentamente… giró la cabeza.

Dos líneas.

Rosas.

Claras.

Innegables.

El mundo se detuvo.

—No… —susurró, retrocediendo un paso—. No puede ser.

Pero lo era.

Y lo sabía.

Su mente volvió inmediatamente a esa noche.

A la única vez.

No había margen de error.

—Estoy embarazada… —su voz se quebró.

Laura entró sin pedir permiso y la abrazó de inmediato.

—Oye… tranquila, vamos a pensar—

—Es de él —interrumpió Emma, con la mirada perdida—. Es de Leonardo.

Decir su nombre en voz alta lo hizo todo más real.

Más pesado.

Más aterrador.

Laura se quedó en silencio unos segundos.

—¿Él sabe?

Emma negó.

—No.

—¿Y piensas decírselo?

La pregunta la golpeó más fuerte de lo esperado.

Porque no había una respuesta fácil.

El edificio Alcázar se alzaba imponente, como siempre.

Frío. Perfecto. Intocable.

Emma apretó el bolso contra su cuerpo mientras cruzaba la entrada.

Todo parecía igual.

Pero ella ya no lo era.

Sentía que todos podían verlo.

Que todos sabían.

Que llevaba un secreto que iba a cambiarlo todo.

—Buenos días, señorita Salazar —saludó el recepcionista.

—Buenos días…

Su voz sonó distante, como si viniera de otra persona.

Llegó a su escritorio e intentó concentrarse.

Correos. Informes. Reuniones.

Rutina.

Pero su mente no cooperaba.

Su mano se deslizó, casi sin darse cuenta, hacia su vientre.

Aún no había nada visible.

Pero estaba ahí.

Y eso lo cambiaba todo.

—El licenciado Alcázar la espera.

Emma levantó la vista de golpe.

—¿Ahora?

—Sí, señorita.

El pulso se le aceleró.

No estaba lista.

No para verlo.

No después de lo que había pasado.

Y mucho menos… ahora.

Pero no tenía opción.

La puerta del despacho estaba entreabierta.

Emma dudó unos segundos antes de tocar.

—Pasa.

La voz de Leonardo la atravesó.

Entró.

Y ahí estaba él.

Impecable. Serio. Distante.

Como si esa noche nunca hubiera existido.

Como si ella no fuera más que otra empleada.

—Cierra la puerta.

Emma obedeció. El sonido del cierre resonó más fuerte de lo normal.

Leonardo levantó la vista de los documentos.

Sus ojos se posaron en ella.

Y por un segundo…

algo cambió.

—Te ves diferente —dijo.

Emma sintió un nudo en la garganta.

—Estoy bien.

—No lo parece.

Silencio.

Tensión.

Recuerdos que ninguno mencionaba.

—¿Para qué me necesitaba? —preguntó ella, aferrándose a lo único seguro: la distancia.

Leonardo la observó unos segundos más.

Luego dejó el bolígrafo.

—Siéntate.

No era una sugerencia.

Emma se sentó.

—Sobre lo que pasó…

Emma contuvo la respiración.

—No volverá a ocurrir —continuó él, con frialdad—. Fue un error.

Las mismas palabras.

El mismo tono.

Como si quisiera asegurarse de que no hubiera malentendidos.

Como si ella no lo llevara grabado ya.

—Lo entiendo —respondió Emma, bajando la mirada.

No era verdad.

Pero tampoco iba a suplicarle.

—Bien. Entonces podemos continuar con normalidad.

Normalidad.

La palabra le resultó casi ofensiva.

—Claro.

Emma se puso de pie.

Necesitaba salir de ahí.

Antes de quebrarse.

Antes de decirlo.

Antes de perder el control.

—Emma.

Se detuvo.

Pero no se giró.

—Asegúrate de que esto no afecte tu desempeño.

Cada palabra fue un golpe.

—No lo hará.

Salió sin esperar respuesta.

Cuando la puerta se cerró, Emma soltó el aire que llevaba conteniendo.

Sus manos temblaban.

Su pecho dolía.

Pero no lloró.

No ahí.

Apoyó una mano sobre su vientre.

Instintiva.

Protectora.

—No te preocupes… —susurró apenas—. Yo sí te voy a cuidar.

Porque si Leonardo Alcázar podía fingir que nada había pasado…

ella no podía hacerlo.

No ahora.

No con dos líneas rosadas cambiando su destino.

Y mucho menos…

con un secreto que no iba a poder ocultar por mucho tiempo.

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