El ritmo en la oficina de Leonardo Alcázar no se detenía por nada ni por nadie. Para el resto del mundo, Emma seguía siendo la asistente eficiente, la mujer que siempre tenía una respuesta y un café listo. Sin embargo, por dentro, sentía que su cuerpo estaba librando una batalla silenciosa. El mareo comenzó de forma sutil, como una neblina que nublaba su visión mientras revisaba unos informes de costos de la nueva adquisición en Singapur. Al principio, intentó ignorarlo, atribuyéndolo al café que no se había tomado o al estrés de la discusión de la mañana con Leonardo.Pero cuando se puso de pie para llevar unos documentos a la oficina principal, el suelo pareció desvanecerse bajo sus pies. Se sostuvo del borde del escritorio, cerrando los ojos con fuerza. El sudor frío comenzó a brotar en su nuca y el zumbido en sus oídos se volvió ensordecedor.—Emma, los archivos —la voz de Leonardo resonó desde el pasillo, impaciente y autoritaria como siempre.Ella intentó dar un paso, pero sus p
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