El silencio en el ático era engañoso.
Demasiado limpio.
Demasiado perfecto.
Emma no había dormido.
La firma del contrato aún parecía arderle en la piel, como si cada cláusula siguiera repitiéndose en su cabeza. No era solo un acuerdo… era una renuncia.
Se sentó en la cama, llevando la mano a su vientre.
—No voy a perderte… —susurró—. Pase lo que pase.
Pero por primera vez, esa promesa no le dio calma.
Le dio miedo.
En el otro extremo del ático, Leonardo tampoco dormía.
De pie frente al ventanal