El regreso a las oficinas centrales de Corporación Alcázar se sintió como entrar en un campo de batalla donde Emma Salazar ya no conocía las reglas. Durante años, ese edificio de acero y cristal había sido su refugio, el lugar donde su eficiencia y discreción eran sus mayores activos. Pero hoy, mientras cruzaba el vestíbulo principal, sentía que cada mirada de los empleados era un dardo cargado de sospecha. ¿Sabían algo? Era imposible, el contrato de confidencialidad era tan estricto que inclus