Firmas y Reglas

El edificio Alcázar nunca le había parecido tan imponente.

Ni tan frío.

Emma bajó del auto sin decir una palabra. El sonido de la puerta al cerrarse resonó como una sentencia. No estaba regresando a su vida… estaba entrando en algo completamente distinto.

Algo que no había elegido.

Leonardo caminó delante de ella sin mirar atrás.

Seguro.

Inquebrantable.

Como si supiera que lo seguiría.

Y Emma lo hizo.

No porque quisiera.

Sino porque, por ahora, no tenía otra opción.

El ascensor subió en un silencio opresivo.

En el reflejo del espejo, la imagen era clara:

Él, impecable, intocable.

Ella, tensa… pero aún de pie.

Cuando las puertas se abrieron, el ático los recibió con su elegancia habitual.

Pero Emma ya no lo veía igual.

Ahora sabía lo que escondía.

—Siéntate —ordenó Leonardo, quitándose el saco con calma.

—Prefiero quedarme de pie.

Un leve destello cruzó sus ojos.

—Como quieras.

Se dirigió al bar, sirvió whisky y caminó hacia la mesa central. Dejó caer una carpeta gruesa sobre el mármol.

—Léelo.

Emma no se movió de inmediato.

Pero lo hizo.

Porque necesitaba saber.

Porque necesitaba entender hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Abrió la carpeta.

Y lo primero que vio fue suficiente.

Contrato de matrimonio.

Confidencial.

Privado.

Irrevocable.

Sus dedos se tensaron mientras avanzaba.

Cláusulas.

Condiciones.

Restricciones.

Cada línea era más asfixiante que la anterior.

—Residencia obligatoria en el domicilio Alcázar… —leyó en voz baja.

—Supervisión médica constante…

—Decisiones sobre el menor bajo autorización exclusiva…

Su voz se fue apagando.

Hasta llegar al final.

Y entonces lo vio.

La última cláusula.

La definitiva.

Tras el nacimiento del menor, la señora Salazar renuncia a toda custodia y derechos parentales.

Emma cerró la carpeta de golpe.

—No.

La palabra salió firme.

—Esto es inhumano.

Leonardo tomó un sorbo de whisky.

Imperturbable.

—Es la mejor solución.

Emma soltó una risa sin humor.

—¿Para quién? Porque para mí no lo es.

—Para el niño —respondió él—. Para su estabilidad. Para su futuro.

—¿Quitarle a su madre es estabilidad?

Leonardo la miró fijamente.

—Tendrá todo lo que necesita.

—Excepto a mí.

Silencio.

Tenso.

Pesado.

—Te estoy dando más de lo que jamás tendrías por tu cuenta —añadió él—. Seguridad. Dinero. Protección.

Emma dio un paso hacia él.

—No quiero tu dinero.

—Lo necesitarás.

—No quiero tu protección.

—Ya la tienes.

—No quiero este contrato.

Esta vez, Leonardo dejó el vaso sobre la mesa.

Su expresión cambió.

No mucho.

Pero lo suficiente.

—Lo vas a firmar.

No fue una sugerencia.

Emma lo sostuvo la mirada.

—No.

El aire se volvió más denso.

Más peligroso.

Leonardo se acercó lentamente.

—Si no firmas —dijo en voz baja—, mañana mismo iniciaré un proceso legal de custodia.

Emma sintió el golpe.

Pero no apartó la mirada.

—Aún no ha nacido.

—Eso no importa —respondió él—. Tengo los recursos para asegurarme de que, cuando lo haga… esté bajo mi control.

Cada palabra estaba calculada.

Fría.

Real.

—No puedes hacer eso.

—Puedo hacer mucho más.

El silencio se rompió en mil pedazos.

Emma sintió el miedo subir por su pecho.

Porque sabía que no estaba mintiendo.

Porque sabía que podía hacerlo.

Y porque ella… no tenía cómo enfrentarlo.

Su mano se apoyó inconscientemente en su vientre.

Ese pequeño gesto cambió algo en su expresión.

—Esto no es por mí —dijo Leonardo, más bajo—. Es por él.

Emma negó lentamente.

—No. Esto es control. Como todo en tu vida.

—Es protección.

—Es lo mismo para ti.

Los segundos pasaron.

Pesados.

Hasta que Emma bajó la mirada.

No por sumisión.

Por decisión.

Tomó la pluma.

Sus dedos temblaban.

—Esto no significa que ganaste —murmuró—. Significa que estoy protegiendo a mi hijo… por ahora.

Firmó.

El sonido fue suave.

Pero en su interior…

fue devastador.

Leonardo tomó el documento.

Lo revisó.

Y asintió.

—Bienvenida a tu nueva vida, Emma.

Ella levantó la mirada.

—Esto no es una vida.

—Lo será.

—Es una jaula.

Leonardo no respondió.

Porque no podía negarlo.

—A partir de mañana —continuó—, serás mi esposa. En secreto. Para el mundo seguirás siendo mi asistente.

Emma se levantó.

Sus piernas apenas la sostenían.

—Hay algo que debes entender —dijo, mirándolo directamente—. Puedo vivir bajo tu techo. Puedo seguir tus reglas.

Hizo una pausa.

Su voz se volvió firme.

—Pero nunca voy a dejar de ser su madre.

Silencio.

—Y nunca voy a dejar de buscar una salida.

Leonardo la observó.

Sin detenerla.

Sin responder.

Porque una parte de él…

ya sabía que eso era cierto.

Emma cerró la puerta de su habitación y se dejó caer contra ella.

Las lágrimas llegaron al instante.

—No voy a perderte… —susurró, acariciando su vientre—. Cueste lo que cueste.

En el salón, Leonardo se quedó de pie, mirando la ciudad.

El contrato estaba firmado.

Todo estaba bajo control.

Exactamente como debía ser.

Entonces, ¿por qué…?

¿Por qué sentía que algo no estaba funcionando como siempre?

Tomó el vaso.

Lo apretó con fuerza.

Por primera vez en mucho tiempo…

el control no le parecía suficiente.

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