Mía se quedó de pie, con la boca abierta. Nunca en la vida había visto a su hermano reaccionar con tanta posesividad gélida.
"Wow. Eso fue intenso," murmuró Mía. "¿Te castigó por distraje a su secretaria? ¿De verdad? ¡Es patético!"
Valeria sonrió, por primera vez en días, una sonrisa genuina y secreta que Mía no entendió.
"Es solo un problema de eficiencia, Mía. El Sr. Ferrer no tolera el retraso," explicó Valeria, tomando su informe.
Valeria sabía la verdad: la orden de Leo era una excusa perfecta para deshacerse de Mía y cumplir con su regla de las seis de la tarde, pero adelantada. Leo no podía tocarla, pero podía llamarla a su santuario privado de la oficina.
Mientras entraba en el despacho de Leo quince minutos después, Valeria sintió una oleada de poder. El hombre más poderoso de la ciudad estaba luchando contra su propia naturaleza. Él había creado la regla, pero ella había encontrado la manera de hacer que esa regla fuera un pretexto para la intimidad.
La dinámica de oficina s