El silencio fue abrumador. Leo sintió el golpe. Ella había tocado el núcleo de su miedo: que su riqueza invalidara cualquier emoción genuina.
Leo, por primera vez, dejó de lado su traje de CEO. Se acercó a ella, tomándola por los hombros, forzándola a mirar la profundidad de sus ojos ámbar.
"Nunca te compraría, Valeria. Nunca. Eres la única persona en este mundo que el dinero no puede tocar, y por eso te quiero aquí", le confesó con una intensidad desgarradora.
Leo sacó su chequera de la caja fuerte. Firmó un cheque por el doble de la cantidad que su madre necesitaba.
"Tómalo", ordenó Leo. "No es un préstamo. Es una transferencia de capital de emergencia. Un regalo. Y no tienes que hacer nada a cambio. Te lo doy porque no puedo soportar que sufras, y punto."
Luego, Leo añadió la cláusula que realmente importaba:
"Y si te atreves a cambiar tu actitud o a volverte más cortante conmigo por esta tontería de 'clase social', vamos a tener un problema serio. En la oficina seguirás con tu ar