Oliver llegó a la fuente de Bethesda con el corazón martilleando contra sus costillas. La bruma matutina le daba a la escena un aire irreal. Allí, sentada en el borde de piedra, estaba ella. Martina. Se veía igual, pero sus ojos tenían una dureza que antes no existía.
—Siete años, Oliver. Te ves... bien —dijo ella, con una voz que le heló la sangre—. Supongo que la vida con los Ferrer te ha sentado de maravilla.
—¿Cómo es posible? —balbuceó Oliver—. Vi los restos del coche... vi el informe. —Vi