La mansión Ferrer, que durante semanas se había sentido como un búnker de guerra, se había transformado de la noche a la mañana en el epicentro de un huracán estético. Desde el vestíbulo hasta el gran salón de baile, el aire estaba saturado con el aroma de las flores frescas y el siseo de la seda deslizándose sobre las mesas de caoba. Mía Ferrer había tomado el mando con una autoridad que incluso Luna respetaba. Con una tablet en una mano y una cinta métrica colgada al cuello como una condecora