Instalados en un exclusivo club de playa en Saint-Tropez, la situación se volvió explosiva. Mía y Paz, luciendo bikinis de diseño que hacían que el resto de la playa pareciera un catálogo de rebajas, decidieron ir a la barra por unos cócteles mientras los hombres "vigilaban" las hamacas.
—Cinco minutos —masculló Oliver, cronometrando con su reloj de buceo—. Han pasado exactamente trescientos segundos y ya hay un hombre con una camisa de lino abierta hasta el ombligo intentando explicarles cómo