En medio de la tensión, los teléfonos de Oliver y Paz empezaron a vibrar como locos. Era una videollamada de Luka desde el estudio de Ginebra.
—Tíos, tenemos un problema de ciberseguridad —dijo el niño, cuya cara iluminada por la luz azul de los monitores lo hacía parecer un villano de Bond—. He detectado que las cuentas de gastos de la oficina están siendo vaciadas desde una ubicación... a tres metros de ustedes.
—¡¿Qué?! —gritó Oliver, olvidando por un segundo al hombre de los macarrones—. ¡E